Frente a estas enormes paredes de piedra, resulta difícil imaginar que hace más de 2.500 años este lugar ya formaba parte del paisaje monumental de la antigua Persia.
Naqsh-e Rostam, situado cerca de Persépolis, reúne algunos de los testimonios más impresionantes de las épocas aqueménida y sasánida.
En la pared del acantilado fueron excavadas cuatro tumbas monumentales de reyes aqueménidas. La más antigua pertenece a Darío I, cuyo reinado comenzó en 522 a. C. y terminó en 486 a. C. Las otras tres se atribuyen tradicionalmente a Jerjes I, Artajerjes I y Darío II.
Pero Naqsh-e Rostam no termina con las tumbas. A los pies de la montaña aparecen también relieves de época sasánida, realizados siglos después, entre los siglos III y IV d. C. Estas escenas muestran reyes, dioses y episodios relacionados con el poder del Imperio sasánida.
Es precisamente esta mezcla de épocas lo que hace especial a Naqsh-e Rostam: en una misma pared de roca se encuentran las huellas de dos de los grandes imperios de la historia de Irán.
Aquí no solo estás mirando unas ruinas.
Estás frente a más de mil años de historia tallada directamente en la montaña.